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Por qué el canto de las aves es más que comunicación biológica



El canto de las aves ha acompañado a los seres humanos durante miles de años y podría influir en nuestra sensación de bienestar más de lo que imaginamos. Un estudio reciente comienza a revelar qué características acústicas hacen que ciertas vocalizaciones resulten especialmente agradables para el oído humano.

Los sonidos de la naturaleza forman parte de la experiencia cotidiana de millones de personas y, entre ellos, el canto de las aves ocupa un lugar destacado. Más allá de su función biológica para comunicarse, atraer parejas o defender territorios, estas vocalizaciones también generan respuestas emocionales en quienes las escuchan. Desde hace tiempo, científicos de distintas disciplinas han intentado comprender por qué algunos trinos transmiten calma, mientras que otros pueden resultar menos atractivos o incluso incómodos.

Una investigación llevada a cabo por expertos de la Universidad de Tubinga, ubicada en Alemania, arroja nuevos datos sobre el vínculo que existe entre las personas y los cantos de las aves. Dicho análisis apunta a que determinados atributos acústicos, tales como la delicadeza del tono, un espectro de frecuencias acotado y grados específicos de complejidad, condicionan la manera en que los individuos interpretan estas melodías.

El vínculo entre el canto de las aves y el bienestar humano

Los investigadores plantean que la afinidad humana por algunos sonidos naturales podría tener raíces evolutivas. Durante gran parte de la historia de nuestra especie, escuchar aves cantando pudo haber sido una señal indirecta de que el entorno era seguro y estable. La presencia de estos sonidos indicaría ausencia de depredadores o de situaciones de peligro, generando una sensación de tranquilidad.

A pesar de que esta suposición aún precisa de mayores análisis, hay indicios que demuestran que interactuar con el entorno natural favorece la salud mental. Diferentes estudios han asociado el avistamiento de aves y la contemplación de entornos abiertos con la disminución de la tensión y un mejor estado anímico.

El nuevo trabajo se centró de manera específica en la dimensión acústica. En vez de limitarse a registrar la existencia de aves, los investigadores se propusieron determinar qué características específicas de sus cantos resultan placenteras para las personas.

Para alcanzar este objetivo, 84 voluntarios escucharon registros de 123 especies salvajes y evaluaron cada vocalización en función de cuánto les agradaba. Tras este proceso, los expertos contrastaron dichas calificaciones con parámetros técnicos vinculados a los atributos acústicos de cada melodía.

Uno de los descubrimientos más sorprendentes reveló que la preferencia por ciertos cantos parecía no estar vinculada a los saberes previos sobre la avifauna. Tanto los individuos habituados a la observación de aves como aquellos con escasa trayectoria exhibieron tendencias de gusto muy parecidas.

Este resultado sugiere que la apreciación de determinados sonidos podría vincularse con mecanismos perceptivos más profundos y compartidos, trascendiendo tanto el aprendizaje como el reconocimiento de especies específicas.

El mirlo común y los atributos de los cantos más valorados

Entre todas las especies evaluadas, el mirlo común (Turdus merula) obtuvo la valoración más alta, con una puntuación promedio de 4,52 sobre 5. Esta ave, ampliamente distribuida en Europa y frecuente en jardines y parques, es conocida por emitir vocalizaciones melodiosas y variadas que recuerdan el sonido de una flauta.

También recibieron puntuaciones elevadas el jilguero europeo, el petirrojo y el herrerillo común. En contraste, algunas especies con vocalizaciones ásperas o estridentes obtuvieron valoraciones considerablemente menores.

El estudio indicó que la gente acostumbra inclinarse hacia melodías más sutiles y de rango acotado. Pese a esto, los científicos descubrieron un detalle imprevisto: los repertorios más elaborados frecuentemente resultaban igual de placenteros.

Esta observación contradice la suposición de que los tonos sencillos resultan inevitablemente más cautivadores. Por el contrario, da la impresión de que existe una inclinación hacia aquellas emisiones vocales que mezclan variedad, cadencia y modulaciones de tono, siempre y cuando conserven determinados rasgos armónicos.

Los especialistas subrayan que no existe una fórmula única para definir qué convierte un canto en agradable. Es la combinación de diferentes elementos —frecuencia, amplitud, intensidad y estructura— la que parece influir en la percepción humana.

Esto justifica el motivo por el cual animales con vocalizaciones totalmente diferentes logran encandilar de igual manera a quienes los escuchan.

Cómo estos hallazgos podrían influir en el diseño de ciudades y espacios verdes

Asimismo, la investigación abre nuevas perspectivas para entender la función que cumplen los sonidos naturales en los espacios urbanos. Históricamente, las iniciativas orientadas a optimizar el confort acústico de las urbes se han enfocado en disminuir la contaminación sonora generada por el tráfico o la actividad humana.

Sin embargo, los investigadores consideran que el paisaje sonoro debería abordarse desde una perspectiva más amplia, incorporando también sonidos naturales capaces de generar experiencias positivas.

Parques, jardines y espacios verdes son susceptibles de planificarse prestando atención tanto a su estética como a las propiedades acústicas del entorno. La integración de diversas clases de aves junto con la preservación de hábitats idóneos ayudarían a propiciar enclaves mucho más confortables para la ciudadanía.

No obstante, los científicos advierten que reproducir artificialmente sonidos de aves no necesariamente genera los mismos beneficios que escuchar cantos producidos de forma natural. Investigaciones previas sugieren que la interacción auténtica con la biodiversidad sigue teniendo un valor difícil de replicar mediante grabaciones o sistemas de sonido.

Esta perspectiva resalta la importancia de proteger los ecosistemas urbanos y conservar la diversidad biológica, no solo por sus beneficios ambientales, sino también por su impacto en la calidad de vida humana.

La relación entre biología, cultura y percepción de la belleza

Especialistas externos que analizaron el estudio coinciden en que las preferencias humanas por ciertos sonidos podrían estar influenciadas tanto por factores biológicos como por experiencias personales.

Algunas investigaciones han encontrado similitudes entre las estructuras rítmicas presentes en la música humana y en los cantos de determinadas aves. Otros estudios sugieren que distintos animales pueden compartir preferencias por ciertos tipos de vocalizaciones.

No obstante, la vivencia personal también cumple un papel significativo. Los sonidos vinculados a vivencias gratas, entornos cotidianos o instantes placenteros son capaces de alterar el modo en que los individuos juzgan a ciertas especies.

Los científicos asimismo advierten que enfocar la valoración de la avifauna exclusivamente en la hermosura de sus melodías puede provocar asimetrías en las iniciativas de preservación. Numerosas variedades menos populares o dotadas de sonidos discretos desempeñan roles vitales en los hábitats naturales y también merecen salvaguarda.

A medida que avancen las investigaciones, los científicos esperan comprender mejor por qué el cerebro humano responde de manera positiva a determinados sonidos y si estas preferencias se mantienen en diferentes culturas y regiones del mundo.

Más allá de las respuestas que aún faltan por descubrir, los resultados refuerzan una idea sencilla: prestar atención a los sonidos de la naturaleza puede transformar la manera en que las personas experimentan su entorno y fortalecer el vínculo con la biodiversidad que las rodea.

Por Elena Aranda